Bs. As. (8-6-26): El magnetismo es absoluto. Una explosión de energía que destila una onda expansiva contagiosa, que trasciende cualquier frontera musical. Hay que ver en primera persona a ese cuerpo de poco más de metro y medio yendo de acá para allá sobre el escenario, comandando con lúdica autenticidad un Monumental repleto, rendido a sus pies durante esas dos noches que ni la lluvia pudo amargar. A Lali Espósito nada parece poder detenerla. Ni las condiciones climáticas ni quienes quieren silenciarla. Enfrenta los prejuicios y los ataques cantando y bailando, desplegando todo su talento. Pero también hablando, diciendo lo que piensa, con la convicción y la tranquilidad que le da expresar lo que siente. Lali fue la artista más atacada por Javier Milei. Lejos del miedo, Lali es hoy en día la artista popular que más lo enfrenta.
Por Emanuel Respighi
Fueron tres horas de un show descomunal, cada día. Sin ahorrar ni un centavo en producción ni despliegue escenográfico y visual, lo que empieza a ser el comienzo del final de la gira del disco No vayas a atender cuando el demonio llama fue una auténtica fiesta del pop, tal como prometió al comienzo de la primera noche. Lali no solo canta sus pesares y sus duelos amorosos; también sus alegrías y elecciones de vida. Lo hace rodeada de sus incondicionales fans, pero se lo grita al mundo entero. Sin miedo al que dirán ni al boomerang que le vuelva.
Lali canta y baila con la misma convicción con la que habla. Criticada permanentemente por Milei, quien insólitamente y mal asesorado la trató de “vivir del Estado” (?) y la rebautizó como “Lali Depósito”, la oriunda de Parque Patricios pero criada en Banfield no se amilanó ante las agresiones presidenciales. Siguió haciendo lo que más le gusta, cantar y bailar, pero redobló la apuesta. Le respondió, sin nombrarlo, con “Fanático”. “Ya entiendo qué te pasa, si sos tan solo un niño/ Aunque te hagás el malo, te está faltando cariño/ Yo no tengo enemigos y no los necesito/ Igual vení, acercate, que te firmo la fotito”, escribió en esa canción que se convirtió en un himno entre las laliters. “Y ya lo ve, y ya lo ve, el que no salta, votó a Milei”, cantan sus fanáticos -con la misma devoción con la que lo hacen con sus canciones- en cada una de sus presentaciones. ¿La política nacional metida en medio de una fiesta del pop? Milei lo hizo.
“Y no saben qué satisfacción es ver este River repleto después de haber pasado un tiempo donde se me aconsejaba cerrar la boca, no enfrentarme a Milei, al gobierno o a la gente que agredía”, afirmó Lali, haciéndose cargo de la que le toca, pero sin victimizarse. “Con tal de continuar con su sesgo, necesitaban tener lo que llaman batalla cultural. Pero se equivocaron porque, miren, la gente no es boluda, la gente sabe”, afirmó, antes de lograr que las 60 mil personas que cada noche colmaron River cantaran “Fanático” con una pasión más descomunal de lo que probablemente lo hubieran hecho sin que Milei se hubiese empecinada en atacarla por pensar distinto y ser mujer.
Lali en River Plate Alejandra Morasano
A Lali la define más la música que la política. Al fin y al cabo, ella quiere actuar, bailar y cantar. Y lo bien que lo hace, hipnotizando al público por horas con sus movimientos, su voz y sus letras, pero también con su expresiva gestualidad. Ella quiere ser la reina del pop y va camino a serlo. Pero no a cualquier costo. Su deseo no le impide visualizar el #NiUnaMenos, y pedir en medio de la fiesta un minuto de silencio por Agostina y por Dulce, “por todas las víctimas de la violencia machista que este gobierna niega”. Tampoco deja de militar cada vez que puede por los derechos de la comunidad LGBTQ+, a la que honra con sus canciones y a la que para estos conciertos convocó para que la acompañen artísticamente. La presencia en los shows en River de la australiana Kylie Minogue, icono pop a nivel mundial y referente de la comunidad gay en todo el globo, es mucho más que cumplir un sueño artístico: es reconocer que el camino por el que marcha estuvo antes desmalezado por otras valientes mujeres.
Lali rompe con los encasillamientos. Todo el tiempo. Es la que se emociona al cantarle al amor y la que se divierte al irrumpir en el concierto con un diario fake con su cara en tapa y el título “¿Vive del Estado?”, elevándolo para que la cámara tome la contratapa y se lea claramente la publicidad de un fabricante de “cascadas”. Es la que le rinde un sutil homenaje al Indio Solari (quien había afirmado que Lali “no es producto de alguien que la promueve, sino que la piba vale artísticamente”) y logra que los primeros acordes de “Ji ji ji” desaten una nueva escala del “pogo más grande del mundo” en universo pop. Es la nena surgida de la factoría de Cris Morena y la que produjo la transgresora El fin del amor para Prime Video. No existen dos Lalis: es una sola, dispuesta a vivir sin ataduras y cada vez más convencida de lo que quiere.
Es la que promete “no vivir con miedo a nacer” ni “parar por miedo a correr”. La que sabe que “quisieran controlarla” pero que grita que no va a cambiar, “por mucho que ladren”. Y la que, a los 34 años, llena estadios, derriba prejuicios y sigue bailando y cantando, alimentándose de la fuerza de sus fans y de sus detractores. “Nunca fui lo que querían de mí y no me importa/ Siempre están los que estuvieron ahí, el resto sobra/ Y las cosas que me pueden decir ya no me importan/ Ey, oh, acelero y voy, cuando quieran, saben dónde estoy”.
Cantando, bailando y diciendo. Explotando, como si esa chica fuera una bomba pequeñita.
Lunes, 8 de junio de 2026