Miami (4-7-26): La selección le ganó 3-2 a Cabo Verde, pero el juego no apareció nunca. Lo que apareció, cada tanto, fue Messi. Una falta, un remate, una gambeta. Vozinha se encargó de ahogar las que fueron bajo los tres palos. Ahora viene Egipto. Necesitará de mejoras y correcciones.
or: Alejandro Wall
@alejwall
No fue una cuestión de sufrimiento, fue algo más. Lo que ocurrió con la selección frente a Cabo Verde en Miami fue un sacudón de los que te despiertan de las pesadillas. El equipo sorpresa del Mundial le hizo frente al campeón del mundo. Le complicó el día y le expuso sus problemas. La Argentina necesitó del tiempo suplementario y tres veces tuvo que ponerse en ventaja para sacar a un equipo que le presentó batalla con fútbol y dignidad. Ahora llega Egipto. Viaja de Miami, convertido en estos días en un pequeño territorio argentino, hacia Atlanta. En el camino tendrá que hacerse varios replanteos si no quiere volver a pasarla tan mal como en la tórrida tarde de esta porción de Florida.
Hasta el gol de Messi se sintió la tensión en el aire, el peso con el que corrían los minutos sin que la Argentina pudiera someter a Cabo Verde. Ya no hacer un gol, al menos desbordarla, ponerla en apuros. Porque en ese primer momento de partido hubo tenencia de la pelota, hubo circulación, búsqueda de asociaciones, pero no hubo dominio. La Argentina pareció un equipo aletargado, como si acompañara al clima de Miami, húmedo y caluroso.
Ese sopor con el que se movió el equipo colaboró con el orden de Cabo Verde y su sistema de ocupación de espacios. No hubo lugar para la Argentina. Las líneas de pases permanecieron cortadas. Ninguno recibió con comodidad en esos primeros minutos. Messi y Lautaro Martínez permanecían aprisionados por los centrales caboverdianos. No hubo tampoco juego por las costados, no se soltó Facundo Medina y Nahuel Molina estuvo errático.
Todo estuvo contenido por una mitad de la cancha sin ritmo. Incómodo Alexis Mac Allister, bajo también Enzo Fernández y Rodrigo De Paul, no hubo conexiones ahí. Todo fue tener la pelota, pasarla, faltó darle un sentido al juego, algo de agresividad. Recién hubo un remate de Messi cuando se cumplieron trece minutos y entonces el estadio en Miami, todo argentino, empezó a cantar por el capitán. Y después un tiro libre que Vozinha le tapó poniendo el cuerpo hacia adelante.
Las lluvias pronosticadas para el inicio del partido no llegaron. Tampoco hubo retrasos por las alertas de tormentas eléctricas, como se especuló en algún momento. Las nubes comenzaron a disiparse y a la Argentina se le clarificó el partido un rato después de la pausa de hidratación. Un pase teledirigido de Lisandro Martínez a las espaldas de la defensa caboverdiana, del central Disney Borges, lo encontró a Messi. El control y la definición con el mismo pie zurdo conformaron una obra de arte. Porque no había espacio, no había tiempo, Vozinha tapaba bien, pero Messi se lo fabricó.
Lo bello de la acción, que fue el 1-0 para la Argentina, no quita que también expuso la deficiencia para generar juego que tuvo el equipo en la primera parte. Por eso el gol de Messi lo que más le dio a la Argentina fue alivio, salir de la zona de tensión, y encarar lo que seguía para terminar el trabajo.
No dejaba de ser preocupante lo que ocurría con el equipo. Su falta de agresividad y dominio. No se veía en la cancha la diferencia de jerarquía entre uno y otro, ya no en el resultado, en el juego. Cabo Verde, entonces, vio que podía ser su momento. Si el monstruo no se lo comía, tenía su oportunidad.
Los caboverdianos tienen una palabra en su lenguaje criollo, que se basa en el portugués, que es morabeza, y representa la amabilidad y hospitalidad del pueblo del archipiélago. Su selección se guardó por un rato ese espíritu para jugar este partido. Fue atrevida, nada de tenerle respeto a Messi y sus compañeros. Nada de temer ante una camiseta. Apenas arrancó el segundo tiempo, Deroy Duarte lo hizo revolcar a Dibu Martínez. Y un rato después, Ryan Mendes quedó solo en su banda derecha, encaró a Medina y entre las piernas puso el pase para Duarte, que heló los cuerpos en Miami.
La pesadilla estaba sucediendo. Una selección debutante, salida de un archipiélago de diez islas frente a las costas de Senegal, en África, conformada por futbolistas de la diáspora, el país más chico por territorio de los que juega el Mundial, con sólo medio millón de habitantes, hacía sufrir al campeón del mundo, al equipo en el que juega Messi. Lo llevó hasta el suplementario, a sufrir al alargue.
Si lo de Cabo Verde fue conmovedor, lo de Argentina resultó un espanto. Fue desarmándose a medida que pasaba el partido. Sin juego y sin piernas en el alargue. Llegó al gol con Lisandro Martínez soltándose por afuera en un córner y entrando por atrás de todos, reventando el arco. El grito de gol fue otra vez un alivio, un intento para soltar la tensión que suponía tener que jugar media hora más para dirimir las diferencias con Cabo Verde.
Y nada más porque el juego no apareció nunca. Lo que apareció, cada tanto, fue Messi. La Argentina fue sólo Messi. Una falta, un remate, una gambeta. Vozinha se encargó de ahogar las que fueron bajo los tres palos. Scaloni había buscado desborde con Nicolás González, que entró por Almada, pase entre líneas con Leandro Paredes, que entró por De Paul, y un cambio en el ataque con Julián Álvarez por Lautaro. Después, además, corregiría a los laterales, de lo más bajo de la Argentina junto al mediocampo. Todo pareció un poco más tarde. Este fue el partido número cien de Scaloni como entrenador de la selección y quizá de los peores.
El golazo del lateral izquierdo Sidny Lopes Cabral enmudeció otra vez al estadio, un remate precioso que además tuvo la emoción del festejo yendo a la tribuna para saludar a su novia. Cabo Verde se animó siempre y en todo momento. Lopes Cabral es uno de los siete jugadores del equipo que nació en Rotterdam. Le había dicho al periodista Sid Lowe en The Guardian que no podía quedarse en el asombro con Messi, que iba a sacarse unas fotos, pero que iba a concentrarse en jugar. “Si pienso: ‘Estoy jugando contra Messi’, me voy a volver loco. Después podré disfrutar de haber jugado contra él”. No sólo hizo un gol que le quedará para toda su vida. Cuando Cuti Romero había marcado el 3-2 de cabeza (aunque la FIFA se lo dio a Borges), sacó un remate que hizo volar a Dibu.
Además del de Messi, los otros goles argentinos fueron de sus centrales, otro síntoma. El partido terminó en celebración y es lógico para un público que había colmado no sólo un estadio sino una ciudad. Pero lo que vendrá necesitará de mejoras y correcciones. El Mundial le da otra oportunidad a esta selección. Y despide a un rival digno.
Sábado, 4 de julio de 2026