Bs. As. (16-8-26): El embajador estadounidense en Argentina, Peter Lamelas (foto), anunció la última semana que “estamos decidiendo el futuro de Vaca Muerta”. Se arrogó esa prerrogativa porque Javier Milei lo ha autorizado a disponer de cualquier decisión que considere válida. La escena remite a una versión actualizada de Spruille Braden, pero con una diferencia: el trumpismo no tiene un contendiente como Juan Domingo Perón. El sesgo cognitivo imperial, en fase de desinhibición total, contribuye a quitar todo velo de sospecha respecto al énfasis neocolonial del trumpismo. Estados Unidos quiere expulsar a China de América Latina y el Caribe para impedir la integración regional, apropiarse de los recursos naturales e impedir cualquier posibilidad de autonomía.
Por Jorge Elbaum
La esperanza de Wall Street, para no perder la hegemonía económica global frente a Beijing, está puesta en la Inteligencia Artificial (IA). Esa tecnología requiere insumos críticos (tierras raras y minerales críticos) que, en la actualidad, están controlados mayoritariamente por China. Esa no es su única restricción. Además, la IA necesita construir grandes Centros de Datos (CdD) para procesar la información hurtada ––sin pagar derechos de autor–– al resto del mundo. A su vez, esos CdD demandan, para su funcionamiento, grandes volúmenes de energía y refrigeración, escenarios que contribuyen a la escasez de agua y al incremento desmesurado de los costos de la electricidad.
Los referentes de esas tecnologías profetizan, además, que sus CdD permitirán la reducción de la fuerza de trabajo, haciendo más vulnerable la crítica situación laboral que sufren los asalariados. Las propias empresas tecnológicas alimentan esos temores al difundir sus proyecciones. En mayo, Mustafa Suleyman, CEO de IA de Microsoft, afirmó que la tecnología podría automatizar la mayoría de las tareas de cuello blanco en apenas doce a dieciocho meses. Aunque luego matizó sus dichos, el temor ya está lo suficientemente instalado. Los tres factores, el laboral, el medioambiental y el energético, explican por qué los CdD (las “nubes” de los tecnócratas) son rechazadas. La IA se promociona como un progreso inevitable, pero su expansión plantea dos interrogantes que el trumpismo y sus accionistas eluden responder: quién paga sus costos y quién se queda con sus ganancias. Según un informe de Gallup, casi el 70 por ciento rechaza su instalación. Según el Data Center Watch, al menos 75 proyectos de centros de datos —con una inversión conjunta cercana a los 130 mil millones de dólares— quedaron paralizados en los primeros tres meses de 2026.
La expansión buscada de los CdD exterioriza por qué Lamelas quiere controlar Vaca Muerta. Este es uno de los prerrequisitos energéticos exigidos por Peter Thiel a Javier Milei para que los CdD cuenten con suficiente energía para su instalación. El otro prerrequisito es el acceso a la tierra, que no logró avanzar en el Senado argentino, pero que el ministro de Economía Luis Caputo intenta sortear a través de los Super RIGI mediante la apelación a testaferros. Las elecciones primarias en Estados Unidos, que se llevaron a cabo en las últimas semanas, estuvieron atravesadas por el debate respecto a los CdD. Los candidatos de los Demócratas Socialistas de América (DSA), que compitieron al interior del Partido Demócrata, lograron imponer en la agenda electoral ese planteo, sumado a la necesidad del aumento de los impuestos a los multimillonarios, el cuestionamiento a AIPAC –el lobby que defiende las políticas israelíes de la derecha israelí–, la necesidad de contar con un seguro universal de salud, el acceso a la vivienda y el incremento de los salarios y la defensa del derecho inalienable del pueblo palestino a contar con un estado independiente.
Todas esas banderas fueron enarboladas por Bernie Sanders en 2020 cuando compitió por la candidatura demócrata contra Joe Biden. Fue derrotado, pero logró un 43 por ciento de los votos. El actual senador judío de Vermont logró, con ese revés, instalar un discurso que en Estados Unidos era tabú: recuperó la agenda económica de Franklin Delano Roosevelt y logró, con esa audacia, empoderar a jóvenes que se sumaron a la batalla política como Alexandria Ocasio-Cortez, electa como diputada (representante) en 2018; Zohran Mamdani ––elegido como alcalde de Nueva York––; y el médico epidemiólogo Abdul El-Sayed, ganador de la primaria para disputar el cargo de senador por Michigan.
Sanders demostró que una agenda estatista podía disputar masividad, imponer lenguaje y obligar al partido a debatir sus propuestas. Desde 2020, el DSA se enfrenta de manera abierta al trumpismo y al mismo tiempo a la estructura del partido que eligió a Barack Obama y Joe Biden. Durante cuatro décadas, el establishment demócrata administró —al interior de los Estados Unidos— una versión pretendidamente amable del neoliberalismo brutal: desregulación financiera; dependencia de donantes corporativos (los famosos PAC y Super PAC con los que las corporaciones y millonarios condicionan o compran candidatos); condescendencia hacia el apartheid israelí; globalización militarista y empobrecimiento de los trabajadores.
La precarización laboral se incrementó de forma permanente pese a que, desde principios de la década del ’80, la productividad aumentó de manera constante. Como contrapartida, los salarios reales (ajustados por inflación) se han estancado, volcándose los beneficios sobre el uno por ciento superior de la estratificación social estadounidense. Esta situación, impulsada por las políticas neoliberales, es conocida como “desacople estructural”, situación que explica cómo —en los últimos 45 años— la productividad de la economía estadounidense ha crecido casi tres veces más que la remuneración real de los trabajadores. Ese fenómeno se opone a lo sucedido durante “los treinta años gloriosos”, posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando los Estados cumplían funciones regulatorias y la productividad acompañaba el incremento de los salarios.
El abandono del establishment demócrata dejó una herida social que el trumpismo supo explotar. Decenas de millones de trabajadores comprobaron que el partido que decía hablar en su nombre administraba un sistema hecho a la medida de las élites financieras y tecnológicas, mientras sus comunidades se desindustrializaban, precarizaban y endeudaban. Trump canalizó este malestar inventando fantasmagóricos chivos expiatorios: la “casta” estatal, de bienes, los inmigrantes, los narcoterroristas, el gobierno cubano, los chinos, y todos los países exportadores de bienes (a los que debía castigarse con aranceles). La DSA disputa la representación de ese mismo descontento desde otra perspectiva: poniendo en evidencia que el problema real no son los espectros inventados por la derecha neofascista, sino un poder económico concentrado que exige arrasar con los derechos sociales y ambientales, para continuar su acumulación sin límites. En ese debate se pueden escuchar los auténticos crujidos que se producen en la sala de máquinas del imperio.
Domingo, 16 de agosto de 2026